Dos han sido las frases con las que el ministro Wert ha alcanzado las mayores cuotas de rechazo y animadversión de una gran parte de la sociedad española. Decir, “La pregunta que hay que hacerse es si ese estudiante que no puede conseguir un 6,5 está bien encaminado o debería estar estudiando otra cosa” es tanto como decir aquello de “el que vale, vale, y el que no a otra cosa”.

Un dicho que se hizo muy popular en aquella otra etapa de nuestra historia, en la que sólo podían estudiar los vástagos del poder caciquil y franquista, entre los que probablemente se encontraría este señor. Porque en la clase de la que procede y a la que defiende este ministro, “valer” equivale a “tener”, y los datos demuestran claramente que quién “tiene” está menos expuesto al fracaso.

Así, lo constataba en un estudio sobre el fracaso escolar en 2007 el sociólogo José Saturnino, demostrando que sólo el 5,8% de los hijos de clase alta no completaba la enseñanza obligatoria, porcentaje que alcanzaba el 17,9 en las clases intermedias, el 24,4 en la obrera, y el 31,4 entre agricultores y jornaleros. En 2008, otro de sus estudios ponía de manifiesto que el fracaso escolar entre los hijos de universitarios era del 2%, mientras que entre los hijos de quienes no tenían estudios era del 40%.

Por tanto, si el rendimiento de los estudiantes está tan asociado a la posición social de las familias, es evidente que elevando la nota de acceso a las becas, se avanza un nuevo paso (la LOMCE ha sido el más grande), hacia la segregación de los hijos de los que menos tienen, condenándoles a convertirse en mano de obra barata, al servicio de los que han tenido mejor suerte.

Su segunda frase de la semana va en la misma dirección que la anterior, pero en este caso la agresión se extiende a gran parte de la sociedad. Al decir, “No es que les paguemos los estudios, es que les pagamos por estudiar”, este insigne representante de la derecha más elitista se arroga la propiedad de los Presupuestos Generales del Estado y de los propios servicios públicos. El señor Wert no paga nada, porque los que pagan son todos los ciudadanos con los impuestos que nutren unos presupuestos cuyo fin es financiar, por encima de cualquier otra consideración, los derechos reconocidos en la Constitución, entre los que tiene un lugar destacado la educación. Por tanto, Wert no solo no paga, sino que somos nosotros quienes le pagamos para que gobierne y asegure que todo el mundo tenga acceso a la educación.

Y llegado a este punto uno no puede menos que preguntarse ¿Hasta cuando tendremos que aguantar la subversión ideológica que este soberbio personaje trata de imponernos?.

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